martes, 15 de abril de 2014

Barrio

Volver al barrio queriéndolo porque es todo lo que fue y lo que hizo conmigo al transitarlo.

Bajar del bondi en la Av. Rivadavia frente a la casa en la que viví durante 16 importantes años de mi vida, cruzar la avenida por el medio y ver que el supermercado chino sigue ahí pero que todo lo demás está casi otra cosa y recordar que ese supermercado fue antes el negocio en que mi abuelo Armando compraba las galletitas en lata y antes un lugar donde vendían heladeras, que los kioscos que estaban casi pegados ya no están más pero que yo iba a comprar a ambos porque era amiga de ambos kiosqueros y que cuando iba a uno trataba de que el otro no se diera cuenta. Que en uno podían comprarse las mielcitas y el naranjú y en el otro las cosas de librería que la escuela pedía y que había olor a mapas y papel afiche y que los viejos te llamaban por tu nombre y conocían a toda tu familia, que a ambos iba a comprar los cigarrillos para mis viejos y que, en épocas de malaria hiperinflacionaria pasaron de paquete a cigarrillos sueltos de marca Achalay o atados baratos Saratoga de color verde oscuro.  

Pasar por la esquina de lo que era Balón 4, bar y pizzería de no recuerdo cuales 4 gloriosos jugadores de Racing Club de Avellaneda donde todos fuimos a festejar las victorias del Mundial del 90, hasta que se pudo. Ver la todavía esquina rota y desahuciada del club social Mariano Acosta, que algunas noches observaba desde la ventana de mi habitación, con sus lúgubres luces verdes y de la que escuchaba un poco la música que movía a las parejas que bailaban en la pista.

Doblar por la esquina subiendo por Mariano Acosta, y ver la verdulería y el otro kiosco y la peluquería que todavía existen, la escuela primaria Ángela Medone de Caviglia que hace unos años ya había visto pero que esta vez traspasé con el recuerdo para revivir los juegos en los hermosos patios coloniales, las comidas en el comedor, los juegos en el salón de actos fuera de clase, mi maestra Susana de 6° y 7° grado, mis compañeros, la puerta que en los veranos usábamos de escenario para hacer las coreografías de Flavia está de fiesta y jugar a algo mientras algunos vecinos pasaban y sonreían, caminar por  la puerta de la casa de Grachu de la que en ese momento salió un Señor, la puerta de la casa de Elsa donde iba a cantar acompañada y que también era de Alberto y Luciano y Camila, la esquina donde alguna vez hubo un almacén que – aunque íbamos poco – recuerdo que abría los domingos. Ver de refilón en la calle de enfrente la puerta verde de la casa de Ale, la negra de la casa de Giselda y la bordó de la casa de Gaby, de las que también conservo recuerdos de juegos compartidos en tardes post escuela.

Mirar por Ramón Falcón para el lado de Candelaria y recordar las salidas del colegio en las que iba a acompañar a mi amiga Diana porque nos gustaba quedarnos en la esquina de la panadería Don Valentín charlando con los chicos. Recuerdo que ahí también paraba una banda de pibes grandes (debían tener 15 años, como mucho 17 mientras yo tendría entre 10 y 12 años), que fueron los primeros rolingas que vi en mi vida, con jardineros de jean y en cueros y topper blancas, alguna que otra remera de Sumo, alternando esquina con los fichines de Rivadavia. Que después supe que algunos de ellos se habían hecho adictos a la heroína (gran problema de los adictos de los 80) y que alguno también había muerto por haber contraído SIDA, en ese entonces tan nueva y poco tratable.   

Que nuestras tardes transcurrían ahí a veces y otras en la calle Rafaela frente a la escuela de monjas del Milagro, bellísima calle por la que pocos autos pasaban y en ciertas épocas se inundaba de florecidos jacarandás. 

Otras tantas tardes las pasábamos en la plaza – también llamada – Ramón Falcón luego devenida en Ernesto Che Guevara, como resultado de la organización vecinal, plaza en la que jugué muchas veces y pasé más para tomar un bondi, visitar a alguien o acortar camino para el Parque Avellaneda, plaza que nos cobijó el día que amenazaron de bomba a la escuela primaria y resultó ser una de las actividades más divertidas a pesar del terror que originaba la idea de que todo podía explotar por el aire, plaza a la que nos llevaban mis viejos y a la que íbamos a tomar helado de manzana verde porque era uno de los gustos más ricos y originales, plaza que tiene el mural de los pibes que murieron en el accidente en la ruta cuando iban a ver a Boca y a los que sus amigos quisieron recordar por siempre en el barrio que amaban, plaza con mesitas de cemento y una fuente que nunca funcionó como tal, con un anfiteatro bello que no se usaba para mucho pero era un genial escenario de juego porque tenía muchísimas escaleras para subir y bajar sin parar, plaza que hacía de ring para las peleas que se iniciaban en la escuela y debían seguir en otro lugar, plaza a la que llevé a un taiwanés que quería aprender español para enseñarle palabras y cómo manejarse en la calle.  

Cruzando la calle llegué al antiguo Larroque, mi escuela secundaria, alegremente reconvertida en bachillerato popular. Entré por la puerta que crucé tantas, miles de veces y viví presente y pasado de un solo golpe, dibujada la sonrisa, espontánea y el corazón saliéndose de la emoción. Creo que se lo dije a cada persona que me crucé, con una indisimulable densidad para extraños (les pido mil disculpas).

Al pasar el pasillo, un vejestorio cartel que decía preceptoría y que recuerdo como lugar de Marta y Betty y al que una vez fui preocupada a contarles con una vergüenza sin igual que me tenía que ir porque me había manchado todo el guardapolvo. Marta me acompañó hasta mi casa para que pudiera cambiarme en un lindo gesto de solidaridad femenina. De ahí, subir por la escalera al lugar de la reunión que significaba volver al aula donde empecé mi primer año de escuela secundaria.

Recordé el corte carré y las tetazas de Farace, la profesora de biología, y su talento para acortar apellidos y para pronunciar de manera inolvidable las palabras fitoplancton y zooplancton, a la vieja Morales de lengua y literatura que se llevaba las agujas para tejer y se dormía mientras hacía dictados, al profesor de francés canoso que pienso que duró poco, que repetía “Et voilá!” señalando el libro de texto mientras escupía y se le juntaba baba en las esquinas de la boca pero que parecía simpático, el tacho de basura que quemó Garacciolo, un rubio con aparatos y pelo largo, bardero y gracioso que solo duró ese año, el pelo tirante de la que fue después mi amiga Mechy, los ojos verdes de la que sería luego mi compañera de banco y amiga Sabri, los rulos y la sonrisa perpetua y matinal de Sami tan llena de un (para mí) incomprensible optimismo, las amigas de la primaria con las que continuamos y las que empezamos a hacer nuevas.    

Poco duré en el asiento, en parte porque la reunión no empezaba y me dio el pie perfecto para circular en soledad con mis recuerdos. Bajé la escalera y vi el aula donde cursé 3° año y que en ese momento estaba habitada por chicos y chicas que hacían alguna actividad. 

En ese aula mi viejo fue a dar una charla sobre literatura fantástica y novela negra a pedido de la vicerrectora que era una señora muy poco agradable (parece que a causa de un pasado triste) pero que sí amaba la literatura y que pegó buena onda con mi viejo porque su marido fallecido era tan amante de esa literatura como mi papá. En ese aula me enojé con la profesora de matemática Ruggeri, a la cual estimaba, porque no había querido explicarme algo que no entendí, en ese aula todos nos complotamos en una graciosa mentira colectiva dirigida hacia la profesora Maniglia de geografía, una vieja amargada que usaba yoguineta y mocasines y que tenía una valijita marrón de cuero en la que guardaba sus mapas amarillos y calcos precisos y una cartuchera con bellas lapiceras de tinta, que vivía contando anécdotas sobre cuánto amaba a su padre fallecido y que se hacía traer una silla especial porque le dolía la columna. Señora a la que poco le importaba que aprendamos algo, que nos obligaba a aprender nombres de ríos y orografías varias de memoria y con la que dábamos lección leyendo el libro abierto tras sus espaldas. Era muy fácil, considerando que la mujer nunca se daba vuelta para mirarnos y que lo único que le importaba era que calquemos mapas. En ese aula tuve también una de las primeras discusiones con algunos de mis compañeros, propiciadas por la genial profesora de Cívica Cajuso que usaba pulóveres iguales a los de Carlitos Balá pero que nos hizo buscar la historia de los partidos políticos que quisiéramos y entonces investigamos con mis amigas sobre el Partido Socialista y por no sé qué consigna terminamos grabando en un cassette en el living de Mataderos “la marcha de la bronca”, no sin antes habernos reído un millón de veces. En esa clase fue que grité a mis compañeros que tenían que leer el Nunca Más y que no era cierto que uno no podía posicionarse por no haber vivido en ese tiempo o porque tu familia no se hubiera visto afectada por la situación. En ese aula conformamos el cuarteto donde dibujábamos a los profesores y nos reíamos mucho, cargando a Sami con su “novio” Diego, el profesor de biología al que no le gustaba lavar a mano y parece que no tenía lavarropas o haciendo a piloto con Rusjan (básicamente porque el piloto era más grande que ella). Y solo había visto una puerta.   

Subí la otra escalera y me asomé por la puerta de lo que fue el aula de mecanografía, que en otros tiempos solía tener el teclado de la máquina de escribir pegado en el frente para que memorizaras las letras y miraras para adelante. La profesora Zunilda usaba polleras como las de mi abuela Rosita pero tenía - por lo menos - como 30 años menos y el profesor Claudio venía a las clases tarde y con más cara de dormido que yo (¡y eso es mucho decir!). En apariencia inútil, para algo sirvió porque años después tuve un trabajo como data entry por a saber escribir sin mirar el teclado.

Caminé por el pasillo y me recordé en tránsito en los momentos de recreo, recordé al pibe que pasaba cantando las canciones de cancha y al otro que me decía “orfordddd” cada vez que nos cruzábamos, la circulación en la que conocías a los de otros años, primero todos más grandes, luego todos más chicos, el preceptor que tenía una banda de música y era fan de Soda Stéreo, la escalera en la que un día mi hoy amiga Paula me prestó el videocassette de Silvio Rodriguez como una primera complicidad, los mini patios, el kiosco donde compraba los paquetes de palitos o chicitos truchos y, eventualmente, algún que otro Guaymallén. De pasada bien apurada también ví las aulas de 2°, 4° y 5°.

Como catarata de imágenes, viene la estación del Sarmiento y su puente infame con olor a meo, el mercado, la heladería Trento, la librería Pepe Grillo, la casita de la Selva, la plaza, el parque, el empedrado de la esquina de Bacacay, el Saavedra y el Calviño, los nefastos Centros de Detención Clandestina Talleres Orletti y El Olimpo, que escrachamos las veces que pudimos, las mueblerías yendo hacia Nazca, los negocios de sanitarios sobre la Av. Alberdi, el 4, el 86, el 5, el 36, el 63, el 2, el 92, el 96, el 104, el 114, el 85 que me ayudaban a ir y volver del resto de la vida, la placita de la Candelaria, el banco Provincia que conocí desde adentro porque vivía mi amiga Rosario, la casa de sepelios del Sr. que había sido presidente de la cooperadora de mi escuela primaria, el Blockbuster que antes fue Pumper Nic y al que alcanzamos a ir en algún tiempo recién empezada la secundaria, la calle Ensenada en la que vivió mi viejo una vez separado y en las que escuchábamos a Pappo y la Mississippi, All Boys aunque estuviera a 25 cuadras, la pizzería Bum que tenía rocola, las puertas de las casas que hacían de bar los viernes y sábados por la noche, la entrada del edificio que fue testigo de charlas, de tiempos al huevo, de besos, amores y amistades.    

Algunos dicen que afirmar que sos de barrio y estar orgulloso de eso es una gilada pero el barrio es el espacio público en el que te movés como si fuera tu casa, el lugar de juegos, de estudio, de aprendizajes, de amistades, de amores,  el lugar desde donde ves otras partes del mundo. 

Y yo amo a Floresta, mi barrio. 

sábado, 15 de marzo de 2014

Palabras

Todos tenemos nuestras preferidas y nuestras detestadas, las que más decimos, las que tienen épocas, las que nunca diremos, las que nos hacen recordar, las que omitimos, las que queremos olvidar.

Amadas, elegidas, odiadas, usadas, prohibidas, ajenas, memorables, omisibles, olvidables.

Todo eso pueden ser las palabras.  Y más también…


Linda buzarda le quedó después de lastrar la buseca que contenía altos niveles de perejil, de esos comestibles, bien verdes y perfumados que poco tienen que ver con los otros que - por perejiles - generalmente evitamos.  

Fue entonces que alguien dijo una paparruchada y se rió con lo poco de panza libre que le quedaba mientras dejaba un restito para el tinto que tomaba sin soda ni hielo tal como le habían enseñado.

La luz de la temprana tarde filtraba por el vidrio del vaso cada vez más vacío en el que alcanzaba a ver las partículas volando y, también, el ojete de Marta. Pero mirarlo le daba vergüenza y no quería parecer ni un salame ni un baboso, así que enseguida llevó sus ojos hacia otros lugares de la terraza. 

Se encontró con un ancho de basto arriba de la mesa que venía a querer hacer una primera y despertaba suspicacias en los restantes cinco jugadores que se preguntaban si eso sería todo o si habría más. Todavía, la ronda no había permitido que las señas pasaran de boca, ojo, cara a ojo, así que el clima se mantenía con suspenso y algún que otro reproche.  

Vio la palangana verde que estaba en el piso, conteniendo las extremidades inferiores de la Tota que estaba dándose un mimo luego de las horas que pasó parada cocinando para todos. Entonces se tocó la panza, casi como en un gesto de agradecimiento a ese sacrificio culinario. Al lado, el perro tirado al sol, descansaba y miraba a todos de reojo y de vez en cuando levantaba una oreja cuando sonaba un grito de falta envido o risas que venían de lejos.

Los nenes y las nenas corrían, algo gritaban, se peleaban y reían mientras jugaban a algo que no conocía. Otro grupo había aproximado las sillas armando una ronda que poco tenía que ver con lo circular pero que igual unía a través de la palabra, la mirada y el mate. Los restantes, se mantenían dispersos, en sus mundos o en los ajenos, como él. 

Mientras oteaba pensó que tan mal no tenía la azotea porque todavía se acordaba todas las fechas de los partidos del domingo y también las de los cumpleaños de todos los presentes. Suficiente, pensó, para seguir llenando el vaso en esta linda jornada. Y se alegró y arengó un brindis.
  
Glosario

Buzarda: dícese de la panza considerable, probablemente hinchada  y acompañada por una o dos manos (propias) que la tocan, ya que esta se encuentra saciada.

Perejil: hierba para sazonar o aromatizar comidas, de crecimiento cuasi silvestre o adjetivo aplicado a personas con características de nabo, que pagan culpas ajenas justamente a causa de su condición. 

Paparruchada: boludez.

Ojete: puede aplicarse a cierta parte posterior del cuerpo humano, que puede ser protuberante o no y que es objeto de miradas, deseos y dichos (no siempre bien recibidos). Puede utilizarse también como adjetivo para describir una situación en la que a alguien le ocurren cosas buenas sin haber hecho nada para merecerlo o a quien tiene suerte por azar.   

Salame: embutido maravilloso e irremplazable, generador de felicidad y de colesterol malo para toda aquella persona que no haya renunciado a comer carne por amor a los animales. Se utiliza también como adjetivo aplicado a personas que realizan acciones desubicadas para su contexto o que pretenden ser graciosas, sin lograrlo. 

Azotea: parte superior de un inmueble o de una persona.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Redondeando

“Te prefiero igual, internacional”, Fuegos de Oktubre.

Tengo muchos recuerdos de la música a lo largo de mi historia y de las muchas músicas y letras, siempre hay algunas que se incrustan como partes, bien adentro, algo así como constitutivas, a las que siempre poder volver para encontrarse.

Eso representan para mí Los Redondos, los que en su largo nombre son Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y que recuerdo haber escuchado por primera vez a los 10 u 11 años cuando pasaban sus temas por la Rock & Pop y yo solo tenía un cassette de Sui Generis. El disco que sonaba era Un baion para el ojo idiota y esa canción que hablaba de una Vaca Cubana me gustaba mucho sin saber por qué. 

Cuando tuve 15 o 16 los fui a ver por primera vez a la cancha de Huracán y puedo asegurar que sentí plena felicidad y que varias veces cerré los ojos para sentir solo la música que estaba siendo, a pesar de los apretujones, las tocadas de culo y los aplastamientos. Recuerdo que, de pronto, una zapatilla se perdió en la multitud y que gritamos para encontrarla y que una vez que lo hicimos junto a otros muchos desconocidos amigos nos abrazamos armando la ronda para que nuestra Cenicienta de Topper pudiera ponérsela y volviéramos todos a saltar otra vez, hermanados.

Pero la historia es incompleta sin mencionar la presencia policial que hubo antes y después en años de gatillo fácil, razzias que dejaban a muchos pibes con las esperanzas de llegar al recital, y un Walter Bulacio de por medio al que siempre y cada vez íbamos a recordar. 

Y a pesar de eso, sabiendo todo eso, todos queríamos volver porque volver también era una forma de decir que acá estamos a pesar de los palos, los gases y las balas de goma. Y, a veces, también la pasamos mal. 

Fue ese día supe que era parte de ese sentimiento, de ese movimiento que nos unía a todos en el canto y el pogo y que ellos y su música eran una parte de mí y de muchos otros también.


Los discos de Palladium y Stud Free Pub con temas inéditos que uno de mis primos grabó en cassette para que conociera todo lo que había circulando, el saxo que me invitó a soplar (y del cual increíblemente salió un sonido) y que él había decidido tocar porque Sergio Dawi así se lo dijo con la mirada en un recital.

Todos los rock que bailé con mis dos compañeras de ese baile a lo largo de las décadas y con las cuales el bailar siempre viene con el cantar y la emoción de haber saltado juntas en esos recitales, y en la vida.

La remera negra y vieja en la que pinté con letras violetas Violencia es Mentir de un lado y Vivir solo cuesta Vida del otro, la frase que escribí en colores en la pieza de la adolescencia “fijate de qué lado de la mecha te encontrás, con tanto humo el bello fiero fuego no se ve” junto a los pósters del Indio cantando con su bigote y otra de la banda completa en un banco de alguna plaza. 

Las canciones que cantamos un sábado, en grupo, sentados en distintas partes del bondi, copando los asientos de atrás y del medio mientras íbamos quien sabe a dónde.

El “Omar, hay un acople” que muchos sabemos de memoria y decimos riendo porque antecede a las geniales frases de esa canción “si empiezo a desconfiar de mi suerte, estoy perdido pues tengo ideas cada vez menos atrevidas”, “tu bolsillo es más profundo que su gracia y calcular tu oración puede llevarle la vida a un corazón que no puede cumplir más promesas ya”.

Los recitales en la cancha de Huracán, en los estadios de Mar del Plata, la primera vez de Villa María, en el Monumental, en la cancha de Colón en Santa Fé, en la de Racing y el último de todos en el Chateau Carreras de Córdoba capital aquel fatal 2001. Las travesías para llegar hasta allá, los micros, trenes, autos, combis que copamos. La policía, siempre.

Las bengalas rojas y las banderas agitadas en el mar de gente más lindo del mundo en un anfiteatro colmado en la noche de Villa María, cantando, saltando y bailando por todas las cosas que tenemos ondeando en el corazón.

El grito “vamo´ loco que somos todos redondos” como código para evitar la cagada o desubicación de alguien que andaba por ahí.

La guerra de barro en la cancha de Colón, como bálsamo tras la corrida de la policía. El ignoto que me agarró de los pelos para cuidarme de la estampida y del que no recuerdo ni sé si vi su cara.  

Las miles de cuadras que caminamos al salir del Cilindro de Avellaneda y la vista a ese puente en el que solo había multitudes.

El dibujo de Oktubre que copié y pinté en la espalda del guardapolvo, en las que un tipo rompía cadenas.

El rojo y el negro.

El sonido del inicio de Luzbelito y las Sirenas.

Todas las frases que me acompañan en la vida.

El gris y el naranja.

El diablo y los perros, repetidas veces.

El tema que un día eligieron para bailar y cantar, como un regalo.


Elegir es muy difícil pero en un esfuerzo infrahumano y autoimpuesto seleccioné cuatro temas de cada disco porque claro está que sino los elegiría a todos. 

Va la lista que, espero, disfruten tanto como yo.

¡Salud! El infierno está encantador esta noche.

domingo, 16 de febrero de 2014

Saludos

El saludo es el inicio y el fin de algo: un pasaje hacia una conversación, un encuentro, un desencuentro, una compra, un viaje, una relación. Dice muchas cosas acerca de nosotros mismos, de la situación y del vínculo que establecemos con quien nos estamos cruzando. Por eso existen tonos, palabras y gestos múltiples para encararlos.

Empecemos por el gestual, saludo geográficamente distante. 

Brazo al aire. 

Si la mano bambolea de un lado a otro con ritmo y se acompaña de una sonrisa y de ojos pseudo achinados es indicativo de felicidad y, probablemente, de un deseo de acortamiento de la distancia. También puede ser utilizado con falsedad, ocultando de este modo los reales sentimientos hacia el ser saludado.

Brazo alzado con mano sin movimiento que rápidamente baja, indica lo contrario: nos vimos, nos conocemos, nos saludamos porque es un DEBER civilizatorio pero si las miradas no se hubieran cruzado… hubiéramos preferido hacernos claramente los boludos. Una variante para estas emociones es la pera alzada con cejas arqueadas (el que juega al truco sabe). Su amigo parlante podría ser el quehacé desganado, sin ninguna intención de que sea respondida la pregunta.

De mano, dedos quebrados en la segunda falange que cierran y abren. Saludo algo amistoso en situación donde no es posible saludar de otra manera y donde no existe oportunidad para la salutación.

De mano abierta que se mueve de un lado a otro. Utilizada mayormente al subirse a un medio de transporte, ventanilla mediante.

De mano que se mueve dando un giro, entrecerrada, como circular. Solo apto cuando se saluda a un bebé.
Físicos. Solo pueden realizarse a corta distancia y en contacto con otro ser humano.

De beso. 

En el cachete pueden ser medidos, sopapa, babeantes, simulados (solo se tocan las mejillas entre sí, puede ser con sonoridad de beso o sin ella), los hay con amor y esos, generalmente, incluyen algún toqueteo, los hay cerca de la boca pronunciando algún deseo futuro y bien lejos de ella, casi en la oreja. Estos pueden deberse a la torpeza, al pudor o a la descoordinación.

En la boca pueden ser picos cortos, aburridos o rutinarios, picos con unos segundos de más (lo justo para sentir los otros labios que tocan y gustan), desesperados, boquiabiertos. Solo aptos para relaciones amorosas o sexuales aunque algunos de ellos son dados por padres a hijos como signo de amorqueparamigustosepasaunpoco. 

De abrazo. 

El abrazo siempre indica afecto o amor. Nunca se abraza a alguien no querido. Se abraza a amigos, conocidos con posibilidad de ser amigos, familia y parejas. Pueden ser con todo el cuerpo, cortos o largos dependiendo de la cantidad de afecto que se quiera o se está dispuesto a demostrar. Un encuentro inesperado puede ser motivo de un abrazo pero también uno esperado. Implica cierta entrega y es uno de mis preferidos. 

Hay saludos… 

Deseantes del orden: Hola, ¿Todo bien? ¿Todo tranqui? (tranqui????????, en serio: tranqui???, what the fuck!) Y en esta línea el más militarizado ¿Todo en orden? 

Filiales: Qué hacé vieja-o. Es preciso aclarar también que este saludo adoptó un sentido diferente de la mano de seres con flequillo, enterito de jean y zapatillas topper blancas.   

Confianzudos: ¿Cómo andás, negri? Generalmente se le dice a alguien que no es tan amigo pretendiendo que lo fuera y a la enunciación solo le cabe el tono agudo. Otra posibilidad es que te caiga RE-BIEN pero no acuerdes su nombre. Puede estar acompañado por una mano que toca el hombro. Como sea, definitivamente, no lo uso.

Vegetarianos. Solo se pueden dirigir a personas con las que se tiene mucha confianza y respecto de las cuales quedar como pelotuda, no importa o que, sin pudor, emitís sin poder evitar, quedando efectivamente como pelotuda.

¿Qué acelga? Preferentemente, quien quiera hacer uso de este saludo deberá alargar el sonido de la l hasta llevarlo a un qué acelllllllllllllga. Maravilloso. Imposible decirlo sin sonrisa.

Otro más reciente y puesto de moda en las redes sociales, se impone. Estamos hablando del nefasto “chauchis”. Si se escribe en mayúsculas es claramente peor, mirá: CHAUCHISSSSSSSSSSSSSS; diminutivo irrespetuoso del consabido “chaucha” que tan bien le hace al mundo. La contracara para la bienvenida es el holisssssssss, vocablo emitido por vedettes, chicas que visten de rosa, optimistas irremediables y maestras jardineras (estas últimas a causa del uso intensivo de diminutivos para todos los ámbitos de la vida).

Pulcros. “Qué talco” nos transporta de manera inmediata a la Argentina de los años 20 o 30, tiñendo el saludo de sombrero tanguero a destiempo.  En este caso, solo puede ser emitido con sonido ronco y grave. Ojo, también lo puede decir quien quiera hacerse pasar por gente de onda. Warning.

Optimista. “Buenas” es la versión acortada y laica del “buena y santas”. Puede tener un origen telúrico y estar acompañado del uso de alpargatas por parte del hablante.

Bilingües. Acá lo más importante es que esté mal dicho. Es más divertido si está mal escrito. Jelou, Jau ar iu, es mi preferido entre todos. 

Que se escriben pero no se dicen. Saludos es un indicativo de distancia pero también puede ser utilizado como sinónimo de unas reprimidas ganas de mandarte al carajo. Cariños también se escribe pero no se dice porque para eso existen los abrazos. 

Es así, fijate, saludar no es una boludez.

Dejo entonces un video que viene al caso.


lunes, 10 de febrero de 2014

Personalmente

A veces, es mejor usar las palabras de otros...

Deja que ruede, como el aire entre las hojas, 
todo es oro todo es sal 
que llegará el día, que no quemen sus recuerdos, que se apagará el dolor. 

Personalmente creo, que todo esto es una locura 
Personalmente creo, que todo esto es una locura 

Cómo es la vida, cuántas veces en el cielo, cuántas veces en la oscuridad 
que sólo es el tiempo, el que llevará tu vida, a donde quiere que estés.

Personalmente creo, que todo esto es una locura 
Personalmente creo, que todo esto es una locura

Deja, sigamos remontando vuelo,deja la luz siempre atraviesa el bosque 
después es sólo un recuerdo, después todo pasará 
Deja que ruede,llegará el día, la locura...la locura


Las Pelotas
Despierta
2009

domingo, 2 de febrero de 2014

Una tarde

Cerrar los ojos.

Escuchar el mar.

Sentir el sol que pega en la parte que la sombrilla no alcanza. De golpe miro:

chiquitos bronceados y en sunga corren tras su papá que en el agua espera,
otros conversan
o leen
o escuchan música contemplando el horizonte
o se asan para quedar bronceados
o duermen para expiar una noche larga
o trabajan y algunos de ellos también se divierten.

Los que trabajan, de vez en cuando paran, van al mar. Uno se hace milanesa con la ropa puesta y ríe. Nunca se sacan el sombrero. Miran la tele, piden prestado un baño, comen un peixe o toman una cerveza antes de volver a convecer o seducir con sus queijos asados, sus vestidos, sus artesanías, sus panes rellenos, sus anteojos de sol o sus falsos tatuajes.

El sol se expande en mi cuerpo. Sigo escuchando el sonido y ahora veo a personas jugando en el mar, con las olas, usando tablas, gomas o sus propios cuerpos.

Cierro los ojos y respiro. Dejo que el aire me pegue en la cara y le gane a estas ganas de decir. Y punto.

Tipo qué

¿Qué dirá la boca de ese hombre que no para?
¿Tanto tendrá para contar?
Le toca la tuca en la ronda soleada. De vez en cuando, un trago de birra lo para pero sigue a un ritmo acelerado.
No hay conversaciones sin dos pero tampoco monólogos sin público.
Si el faso se acaba, se renueva para ser compartido.
La mano y los brazos tatuados acompañan el gesto, el ritmo, que nada tiene que ver con la paz que lo rodea y que sea, tal vez, lo que lo enloquezca.