sábado, 30 de mayo de 2015

Decisiones

El documento nacional de identidad decía que su nombre era Carlos Arístides Sánchez. Así era, en primer lugar, en honor al Zorzal, cuya voz mágica había provocado el cabezazo inicial que derivó en casorio y luego, en bombo inflado. El segundo lugar guardaba el homenaje para el abuelo materno, que si bien había sido fullero hasta la manija (provocando quiebras diversas y llantos familiares) también había sido el tipo que instaló la primera calesita en el barrio. Y además, se llamaba Arístides, lo que permitía aumentar la jerarquía de ser un “Carlos Sánchez” más en el mundo.

Pero pasado el tiempo Carlos creció y con los años fue juntando fuerza y fundamentos y fue así que un día, el día en que los cortos cambiaron por los largos, les comunicó a todos que a partir de ese mismísimo momento su nombre ya no era Carlos sino Charly.

Era Charly así, con y griega, jamás con ye ni con i y para eso tenía varias razones: la ye (se decía) es para yuta o para yeta y la “i” tiene dos problemas: la de tener un sombrerito y la de obligarte a hacer una sonrisa. Y a Charly no le gustaba nada de todo eso. En cambio, la y griega es otra cosa (se decía), es una letra que cae amablemente y permite que al enunciarla puedas torcer un lado del labio (medio para abajo). Y, si se tornaba necesario, podía acompañarlo con un gesto de la mano derecha. Ese gesto podía ser con mano abierta y apertura de brazo o con pulgar e índice unidos por la punta en un gesto similar al que se hace cuando se dice te bato la posta.  

Al principio, su familia estaba empecinada en seguir llamándolo Carlos (anque Carlitos) pero él, naranja. Ignorancia total. Y así, los fue educando de a poco. Y ya no hubo nueva persona en la tierra que lo llamara Carlos.

Miento. La lucha llegaba siempre cuando tenía que hacer trámites. Le preguntaban su nombre y él decía Charly Arístides Sánchez. Y lo decía así, aunque sonara mal y los que lo anotaban le miraban los documentos como para no discutir. Y si llamaban a Carlos Arístides Sánchez él no iba y después discutía con todos (a veces con tono subido) porque tardaban en atenderlo. Lo cierto es que no lo hacía de modo vengativo ni combativo sino porque, simplemente, ese nombre (aunque parecido al suyo), ya no lo era.  

Charly había nacido en la década del treinta en los suburbios de la ciudad. Y en esa época, ser de los suburbios no era lo mismo que ahora. Bah, rigurosamente, nada de antes es igual que ahora. En ese entonces las calles eran de tierra y las casas estaban todavía un poco alejadas unas de otras, la mayoría tenía un espacio para árboles frutales y convivían los carros de caballos de los vendedores ambulantes con los automóviles. Charly creció ahí pero más temprano que tarde supo que su destino estaba cerca de las luces del centro y de la Avenida Corrientes, así que en cuanto pudo se alquiló una pieza por ahí y consiguió un trabajo en un piringundín.

Las noches eran su día y las mañanas eran, claramente, para otros seres. Charly se hizo una persona reconocida en el ambiente nocturno. Parado en la puerta iniciaba conversaciones invitando a los caballeros al inframundo de la felicidad (así le decía) y después, whisky en mano, encaraba a unos y otros iniciando conversaciones múltiples. Como relaciones públicas prestaba mucha atención a su indumentaria. Le encantaban los trajes claros y usar las camisas semi abiertas, tipo Cacho Castaña. El pelo era un capítulo aparte.

Con el pasar de los años Charly pasó de un piringundín a otro. Y muchos se lo disputaban por su fenomenal talento para la parla. A Charly no le gustaba envejecer. No le gustaba nada de nada, así que con el nacimiento de las primeras canas comenzó a incursionar en la carmela. Charly sabía que con el tiempo se iba a notar pero las canas también se notan y un hombre con canas siempre parece mayor que uno sin ellas (se decía), así que el rojizo comenzó a ser el tono normal para sus apretados rulos que nunca iban a ser pelada.

Las arrugas eran la otra cosa que Charly no podía, por nada del mundo, soportar, así que a mediados de los 90, en pleno boom cirujanil, le entró al quirófano y quedó lisito como puerta nueva. Claro que eso le quitó un poco de expresión pero se compensaba con sus habilidades chamuyeriles.

Casi la única actividad diurna que Charly desarrollaba era ir al gimnasio de su barrio porque para él era muy importante mantener los pectorales firmes, permitiéndole así seguir haciendo gala de su pelo en pecho. Y en una de esas tardes fue que lo vi, con una remera semi-ajustada al cuerpo, unos pantalones de jogging y sus rulos rojos caminando por la esquina de Rodríguez Peña y Corrientes.


Si andan por ahí, tal vez lo vean y sepan un poco más sobre su historia.   

viernes, 10 de abril de 2015

Mi viejo

Hay muchas formas de viajar. Y ya sabemos que todos somos pasajeros en este show en el que permanecemos un tiempo tratando de que nuestra vida signifique algo, al menos, para nosotros mismos.
  
Entonces hoy quiero viajar por una parte de mi vida que incluye a mi papá y así escribirle porque todavía está vivo y porque somos muchos los que estamos esperando que despierte para poder tomarnos una birra o un fernet con él, para que nos haga un chiste bueno o uno malo (con el que igual nos vamos a reír) y porque tenemos muchas razones para quererlo, así como es.

Y quiero escribir esto y compartirlo y no solo quedármelo para mí porque esta es mi forma de decir y de compartir lo que hoy pasa por mi cabeza, por mi cuerpo y por mi corazón con quienes están ahí, pendientes, acompañando con mensajes, con abrazos, con besos y con tequieros este difícil presente.

Que la escritura y la lectura formen una parte importante de mi vida no es una casualidad. Papá nos leía a Euge y a mí desde chicos cuando nos íbamos a dormir. Recuerdo con mucha nitidez cuando nos leía de a partes El Rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda en capítulos, como regla, como espacio compartido. Y nos dormiríamos entonces, tal vez, soñando con caballeros y armaduras. Ese era su regalo y su forma de enseñarnos a transitar el mundo con la imaginación.

Y a mí siempre me gustó leer e imaginar esos otros mundos y personas y personajes en los que uno podía encontrarse y también diferenciarse. Había entonces en casa una biblioteca desplegada, ofreciéndose ahí al alcance de la mano. Y tomé mucho de lo que había en ella y en mi vida fui construyendo mis bibliotecas con esos objetos tan preciados.

Mi viejo me acercó al amor por la ciencia ficción, a la novela negra y a las historietas. Y eso influyó en mí de muchas formas, que solo ahora, reconozco más plenamente. Esas historias me mostraban una visión crítica sobre el mundo, un mundo lleno de injusticias y de miserias, un mundo de seres imperfectos a los que todo le salía mal y que distaban mucho de los cuentos de hadas que ofrecían historias de niñas ingenuas que estaban a la espera de su príncipe azul.  Mostraban esa parte del mundo que a menudo se oculta aunque sea evidente.

Recuerdo esperar con ansiedad que trajera las revistas Fierro y le agradezco que desde chica me dejara verlas y las compartiera conmigo porque me fascinaban, porque tenían historias de todos los tenores, porque tenían dibujos que me dejaban perpleja, porque empecé a elegir de a poco con qué historias quedarme y con cuáles no. Porque esas historias mostraban cuerpos desnudos y escenas de sexo que todavía no entendía pero que me ayudaron a vivirlas cuando fue mi momento. Porque mi historia preferida era en ese entonces Polenta con Pajaritos, porque tenía chicos que podían ser de mi edad, y que podías encontrarlos en la realidad porque vivían en la calle y tenían una vida dura y marginal. Porque durante muchos años soñé perderme en las calles circulares de Parque Chas como sus personajes. Porque esa revista empezaba a ser una de las muchas complicidades que fuimos construyendo con mi viejo a lo largo de la vida.

Ahora escucho blues porque el blues es su música y también parte de la mía, porque de grande se animó a tocar la armónica y la percusión y más tarde a cantar, a encontrar ahí parte del mundo que quería, que le gustaba, que le hacía bien y a partir del cual fue armando y tejiendo muchas y firmes amistades y quereres. Porque en la música encontró un espacio en el cual disfrutar, divertirse y expresarse, encontró amigos más jóvenes que él que le enseñaron y lo alentaron a explorar esa parte suya que muchos años antes él no sabía que tenía aunque ahí estaba. Tengo recuerdo de verlo disfrutando de la música, de que usara sus manos para acompañar el ritmo de una canción chocándolas contra sus piernas.  Esas manos, sus manos de dedos grandes, manos firmes, manos usadas, manos de carpintero, de artesano. Esas manos que hoy miro y en las que un poco me reconozco cuando veo su dedo pulgar.

Y siempre le importó que yo estuviera ahí y saber qué me parecía lo que tocaba, lo que hacía y lo que escribía. Y puedo decir que sé que mi palabra y mi “aprobación” le interesan y que siento esa responsabilidad y ese compromiso al devolverle algo.

Mi viejo es la única persona en el mundo que puede decirme pollo o pollito a los 37 años. Y lo dejo. Se lo permito porque es mi papá y porque sé que usa esa palabra cuando quiere decirme que está orgulloso de mí.

Mi papá es un hombre que llora, que se sensibiliza ante la injusticia y ante las cosas lindas que también tiene la vida. Lo vi llorar muchas veces y otras tantas lloramos juntos pero seguro son más las veces que nos reímos o compartimos un vino, una cerveza, un libro, una película, miles, muchas charlas y también muchos y a veces prolongados silencios.

Mi viejo me invitó a transitar sus mundos con él desde que yo era chica. Y a mí me gustaba acompañarlo. Con sus programas de radio, con la Revista El Túnel, con su estar en la CTA, con su paso por El Culebrón, con sus bandas de música, con sus cuentos, con sus dibujos, con su poesía me enseñó que había algo para decir, que era necesario decir, que había lugares desde los cuales se podía intervenir en el mundo desde algún lugar.
   
Mi papá es también con quien comparto la alegría de un guiso grasiento y el placer de pasar el pan por el plato hasta dejarlo limpio, con quien comparto recetas que casi siempre incluyen panceta, chorizo colorado, papas, queso roquefort o picantes. Comparto el amor por el jamón crudo que para él es mejor solo y para mí es mejor si es con queso.

Mi papá es muy importante para mí. Es una persona querible y querida, que teje lazos y deja huellas en muchas personas. Mi papá es una persona capaz de abrazar al otro cuando se lo encuentra y en ese momento, estoy segura, muchos de los que lo recibimos nos sentimos queridos, a pesar de sus refugios, de su independencia, de sus períodos de ausencia. Porque sabemos que él es así, que va y que viene, que si lo llamamos y le decimos que lo necesitamos ahí va a estar. Porque a él le cuesta pedir y le cuesta acercarse primero, porque piensa que es mejor dar cuando se lo piden que pedir él, porque no entiende que pedir a veces es también dar.

En parte así te veo, viejo, cuando te veo hoy, este día, estos días en los que somos muchos los que te acompañamos y te esperamos porque te queremos y porque si en algún lugar existiera la posibilidad de elegir, queremos que te quedes de este lado, con nosotros, lejos de la parka.



sábado, 7 de marzo de 2015

El adjetivador

En su barrio, así lo llamaban. Se había convertido en un personaje más junto al veterinario, el médico, la maestra, la familia almacenera y el ferretero aunque (a diferencia de ellos) él no comerciaba. Más bien su tarea consistía, simplemente, en brindar un servicio a la comunidad. Es que tenía un talento fenomenal para encontrar las palabras que permitieran decir, justamente, aquello que se necesitaba decir. Sentimientos, sensaciones, apreciaciones, interpretaciones precisas que hacían de todo lo que se nombraba algo nuevo y único. Esa era su materia prima y tal vez un poco su razón de existir. Pero quién sabe.

Hay distintas versiones sobre su origen y su ocupación.

El hombre vivía en una casa antigua y supuestamente grande (porque nunca nadie lo comprobó) que estaba ubicada estratégicamente sobre la calle paralela a la principal avenida. Era una calle céntrica pero, no obstante, tranquila. Como él. O como parecía que él era. Las ventanas siempre estaban cerradas y cada tanto pintaba las persianas. Siempre de verde inglés. Y algunos vecinos, por eso, lo criticaban. Y a otros, les parecía bien, por lo discreto, por lo higiénico (?) o por lo colorido.

Tampoco se sabe a ciencia cierta si alguien, además de él, habitaba esa casa. Raramente se lo veía con personas que no fueran sus asiduos consultantes.

Tampoco se sabe con exactitud en qué momento llegó ahí. Y al respecto, hay un debate generacional. Los más viejos del barrio dicen que vivió ahí desde siempre y que cuando era chico usaba pantalones cortos y, a veces, un moñito. Los más contemporáneos afirman (con cierta autoridad y vehemencia) que eso es imposible porque si no hubiera ido a la escuela con ellos o se lo hubieran cruzado en la plaza o en el club o en la heladería o más tarde en las boites, los cafés y los bares y que entonces habrá venido después, de más grande, como muchos otros, que pasan desapercibidos. Los jóvenes, en cambio, sostienen que lo vieron llegar un día con una valija grande, marrón y de cuero sin rueditas y una jaula con un canario que no cantaba y que venía a ocupar la casa que le dejaron por herencia de un pariente lejano. La versión de los niños era diferente y no era única. Algunos decían que vino volando en una nave espacial, otros que salió de adentro del árbol de la plaza en el que se escondían y jugaban porque tiene un agujero grande, otros que era un mago que tenía el poder de cambiar de aspecto para que nadie lo descubriera, otros decían que lo había traído el canario que sí cantaba. Y algunos de ellos no solo relataban la historia de su llegada sino que también lo dibujaban. A él. A él y a sus palabras. El asunto quedaba, entonces, irresuelto. Era la palabra de unos contra otros y no había evidencia alguna que permitiera certificar los dichos, aunque algunas de estas historias incluían detalles realmente impactantes, por su aparente veracidad. 

En cuanto a su ocupación, algunos afirman que es un profesor (tal vez jubilado), otros que es escritor y que por eso pasa tanto tiempo en su casa, otros que es un entrenador de pájaros y que por eso el canario tiene la habilidad de ser cantor y mudo al mismo tiempo, otros que no se dedica a nada porque es rico (debido a la herencia del pariente lejano), otros sospechan que es un filatelista (aunque no estarían claras las razones de esta sospecha), otros aceptan la idea de que tal vez sea un mago que esté pasando por un período de entrenamiento porque – cada tanto – va y viene de y hacia algún lado.

Pero hay una cosa en la que todos coinciden: el momento en que dejó de ser un hombre anónimo y empezó a correr de boca en boca, su habilidad.

Era verano y hacía calor. Bastante calor. De esos calores que te hacen transpirar más allá de la piel y no entendés bien por qué seguís vivo si el cuerpo te está quemando. Quemando vivo. De adentro hacia afuera. De esos calores en los que la gente se saluda un poco de lejos porque todos están mojados y quisieran estar en el agua o en la nieve (o en lo que se imaginan que es estar en la nieve). De esos calores que te hacen odiar el contacto humano. De esos calores. Así estaba ese día.

Ya entendimos. Ese día hacía calor y fue después del horario de la siesta que este buen hombre entró a la ferretería de Don Horacio, en la que había dos ventiladores viejos que giraban inútilmente mientras hacían un ruido ensordecedor (obligando a los clientes y al vendedor a elevar el tono de voz hasta llevarlo hasta el nivel del grito) y que no habían sido aseados desde el día que salieron de fábrica.

El local de Don Horacio podía ser chico o ser grande (porque todo depende de cómo se mire la cosa y de cuánto se pueda apreciar sobre ella), estaba lleno de cajoncitos de madera que portaban tornillos, arandelas, clavos, mechas y ganchos de miles de variedades y tamaños. Del techo, también colgaban cosas como rodillos, palas, sogas, cuerdas y algún changuito de las compras de esos que se pliegan y tienen la tela con agujeritos para que respire (tipo red, como la que usaba mi abuela y ahora se venden de nuevo porque es “vintage”). Además, había distintos estantes y muebles entre los que se repartían las pinturas, los enduidos, los pinceles, las lijas, los aguarrases, el W40, las herramientas como las pico de loro, los destornilladores, los serruchos, los martillos, algún que otro taladro (uno nacional, seguro, y otro importado que seguía en la caja), implementos para camping y muchas otras cosas más de esas que sirven para todo (o para algo, o para nada).   

Ahí estaban. Don Horacio, el buen hombre y dos clientes más ocupaban ese espacio entre el ruido de los ventiladores, el calor, los gritos y sus necesidades. En orden de prioridades nuestro hombre en cuestión había llegado último y como era su costumbre permanecía callado y atento mientras esperaba. Ese día, al igual que casi todos los demás, tenía su pantalón marrón de tela colocado en el cuerpo con la cintura un poco más alta de lo que indican las normas de civilidad, un cinturón de cuero también marrón (como el pantalón y como la valija sin rueditas) y una camisa blanca tipo guayabera que solía meterse adentro del pantalón (aunque debiera estar prohibido). Su pelo engominado desafiaba las leyes de la física (o de la química), protegiéndolo de las gotas.  

Ahí estaba, el buen hombre, esperando, cuando escuchó la conversación que se desarrollaba entre Don Horacio y el primero de sus clientes.  

- Vio Don Horacio ¡qué mal que estamos! Parece que viene en serio eso del cambio climático. En nuestra época esto no pasaba. Se sentía la calor pero no era para tanto, esta calor es…
- Y sí… qué se le va a hacer. Son los nuevos tiempos que corren. Hay que apechugar. No queda otra. El Señor sabrá por qué hace esto… por qué nos manda este calor tan…
- Psé y bue... hay que seguirla – resopló mientras subía y bajaba los hombros con resignación. Mientras tanto necesito un destornillador Phillips.
- ¿De qué medida?
- La verdad que no sé bien. Tráigame algunos y veo en cuál calza el tornillo que traje. 

Mientras Don Horacio entregaba al primer cliente los destornilladores para que hiciera su prueba, atendió a la clienta que venía después.

- Buenas, dijo la mujer secándose la transpiración con un pañuelo de tela. Necesito unos ganchitos para colgar en una repisa, de esos que son de metal, que se atornillan con la mano y un poco de fuerza. No sé cómo explicarlo bien, me resulta un poco… no sé… seguro usted sabe.
- No se preocupe, Doña. Creo que sé lo que necesita. Le traigo algunos para que vea. Y se fije. 

Abrió tres de los cajoncitos y sacó ganchos de distintos tamaños y los puso sobre el mostrador. El primer cliente ya se había decidido y se dedicó a pagar, al igual que la señora que rápidamente supo cuál de los ganchos elegir.

Antes de pedir su tacho de pintura verde inglés, el buen hombre miró primero al cliente y le dijo “infernal” y después miró a Don Horacio y le dijo “abrumador” y miró a la otra clienta y le dijo “engorroso”. A esa altura, la conversación ya había pasado hacía un rato, sin embargo, todos entendieron de qué les estaba hablando porque la cuestión no eran tanto las palabras que había pronunciado sino más bien, su capacidad para darle en el clavo lo que los había dejado pasmados.

A partir de ese día comenzaron a ir a buscarlo. Tocaban el timbre de su casa y él salía y los escuchaba. Algunos le relataban un laaargo episodio hasta que en un momento quedaban con la boca abierta, chasqueando sus dedos, esperando la palabra que iba a venir, esa que estaba ahí en la punta de la lengua y que por H o por B no salía hasta que él los miraba fijo a los ojos y la pronunciaba. Pero lo más increíble vino después cuando ya ni siquiera debían relatar nada porque él abría la puerta y con solo verlos, pronunciaba la palabra que estaba perdida en sus cuerpos. Y más aún cuando al cruzarse por la calle con la gente les susurraba una palabra al oído.

Distintas palabras fueron soltadas al aire durante un largo tiempo, sin importar su causa, desparramando parabienes a quien debía pronunciarlas: Entrañable - Fantasmal – Desgarrador – Cordobés - Voluble – Lánguido - Imperiosa – Ineludible – Platónico – Excepcional - Apesadumbrada – Jocosa -Nicaragüense – Mediocre – Fascinante - Quincuagésimo - Vomitivo – Bonita – Peyorativo – Lánguido - Circunstancial – Efímero – Vetusto – Descomunal – Soso - Tierno - Espartano – Colifa – Fantástica - Azulado – Mustio – Inaudito -  Apacible – Facineroso – Generoso - Peculiares – Oneroso – Rojo – Inepto - La blonda…


Así era. Y hay que reconocerle que se hizo famoso, no solo por su capacidad de interpretación y su gran vocabulario sino también porque siempre, siempre y sin excepción todos se iban con una sonrisa de alivio en el rostro, y un pedazo recuperado.

jueves, 29 de enero de 2015

Gravedad

I – La ley de la vida

Se miraba al espejo en distintas posiciones y hacía ruidos: pffffffffffff, ntttttú. También dijo: mierda.

Después de la cotidiana y catastrófica escena, una vez más, se resignó y buscó entre la ropa lo que mejor la hacía sentir y se lo puso.

Salió a la calle y vio todo, a todos, a todas, sobre todo a todas. Un poco se sintió mejor cuando confirmaba que no había opción pero otro poco no cuando aparecían las excepciones.

(Las excepciones: cuerpos modelados por el gimnasio, envidiables y putas buenas genéticas, lo que no se veía tras la ropa pero parecía bien, bastante bien).

Era su tema. Sabía que era su tema pero le parecía tan superficial y tan tonto que lo negaba. Lo negaba siempre pero también se acordaba de Margarita cuando le decía: nena, aprovechá ahora porque después de los treinta, se te empieza a caer todo. Todos estamos condenados a volver a la tierra pero ANTES – y escuchá bien lo que te voy a decir- la tierra llama al culo, a las comisuras de la boca, a los colgajos de los brazos, a los párpados y a las tetas. Amasá, caminá y ponete crema. 

Y Margarita era una forra pero también tenía razón.

II – Desafiando a las leyes generales

¿Qué tal si flotáramos?, dijo con una sonrisa que no le cabía en la cara. Y siguió: ¿te imaginás a cuántos lugares podríamos ir sin pagar pasaje?

Él la miró, descreído, pensando al mismo tiempo que era una loca (una sin remedio) pero le dijo, con poca emoción: Sí… estaría bien.

Él no sospechaba – bajo ninguna circunstancia - lo que su despreocupada afirmación generaría.

El tiempo pasó, como siempre, hasta que un día, un día… ella apareció con el pendorcho ese y todo cambió de una vez y para siempre.

¡Claudio! ¡Lo hice, lo hice! ¡Lo descubrí! – le dijo a él que estaba tomando mate en el patio mientras miraba a la tortuga caminar hacia las lechugas.

Ella le exigió que cambiara las ojotas por zapatillas y él sin pensarlo mucho y reaccionado al imperativo, le hizo caso.

Y todo fue tan rápido que no le dio tiempo a reaccionar. Ella los ató al pendorcho y empezaron a flotar, a volar por el aire. Y se rió, se rió mucho (no con una risa estúpida sino una linda, una de verdad) y le dijo: ¿A dónde querés ir? Decime que no es mejor que un auto…

Primero vieron al patio y a la tortuga cada vez más chiquitos, al tiempo que aparecía el barrio con sus casas y algunas pelopinchos (porque era verano) y los árboles en fila y después el barrio de al lado y el otro y el de más allá y después se hizo de noche y las luces - ¡las luces eran increíbles! - y también lo eran los espacios negros de las lagunas y de los mares en la penumbra. Qué linda era la brisa que corría, ahí cerca, casi perfecta para esas noches de verano en las que el cuerpo se hace calor y transpiración.  

Y sobrevolaron la Cordillera de los Andes primero, y después vieron las grandes cabezas de la Isla de Pascua, el desierto de Atacama y las líneas de Nazca, y después Machu Picchu y muchas salinas y azules de océanos y verdes de bosques y selvas y la península de Gibraltar que un día les habían hecho calcar y la isla negra de Formentera, la torre Eiffel y el Coliseo (que aparecía en la Billiken y, después, en la National Geographic), y sobrevolaron Córcega y Cerdeña, el encanto de Praga y se cruzaron con los globos de Capadocia y las pirámides de Egipto y las montañas que abrazaban a la perdida y remota Petra y la muralla china y…   

Si tuvieras tu pendorcho ¿A dónde irías?

III – Si lo dijo Murphy…

El día empezó con la tostada cayendo del lado de la manteca. Obvio.

Se vistió rápido y se fue para el trabajo y cuando cerró la puerta, la llave quedó del lado de adentro. Obvio.

Caminó hasta el colectivo y, en el trayecto, pisó la baldosa floja que tenía el agua de la regada del portero y se manchó toda la ropa. Obvio.

Vinieron todos los colectivos menos el suyo y entonces prendió un cigarrillo. A los cinco segundos, el bondi llegó. Obvio.

Llegó al trabajo, prendió la computadora, trabajó sin descanso y con concentración hasta que se la pantalla se puso negra y se dio cuenta de que nunca había hecho clic en guardar. Obvio.

Salió del trabajo y fue a un after hours. De la birra que pidió, no había. Pidió otra. Fichó a alguien y ese alguien, a los pocos minutos, estaba con otro alguien. Obvio. Pagó la cuenta y tardaron mucho tiempo en volver, así que decidió irse y dejar el vuelto.

Tomó un taxi para ir a lo de su madre a cenar. Estaba un poco beodo pero no se iba a arriesgar a la escena matutina. El taxista le habló sin parar de todos los males mundiales y cuando se enteró de qué cuadro era, lo gastó hasta el infinito. Obvio.

Se bajó. Tocó el timbre en casa de su madre. El timbre no funcionaba. Obvio. La tuvo que llamar y avisarle que estaba abajo. La madre bajó a abrir y le avisó que su tía estaba de visita, y también su abuela y que todas estaban muy preocupadas por él. Obvio. La piloteó como pudo.

Los niños envueltos estaban geniales pero a él le tocaron los dos únicos que tenían escarbadientes porque eran sin sal, para la abuela, y ya se los había comido. Obvio, la madre no le había avisado. Ahora tendría que cargar con las culpas de una probable subida de presión de la nona.

Le pidió las llaves de su casa y superó victoriosamente la insistencia materna de quedarse a dormir cuando le dijo que se iba a su casa porque tenía que ir a regar las plantas. Las plantas estaban muertas hace rato. Obvio.

Su maldad fue condenada. Al salir, tropezó con un perro vagabundo y voló por el aire y cuando cayó los dientes se incrustaron contra el asfalto. No se acuerda mucho. Escuchó después el sonido de una ambulancia y una voz que decía: está herido de gravedad.

Obvio.


viernes, 12 de diciembre de 2014

Viajes

Esto se está yendo al tacho, Obdulio. Y no lo vi. Lo peor es que no lo vi. Debería haberlo imaginado a la primera señal. Si no fuera por la puta esperanza que te ciega, tal vez… me hubiera dado cuenta.

Y mientras lo decía miraba al horizonte, viendo realmente poco de lo que había delante de sus narices. Y después de hablar, se quedó sin palabras y siguió mirando, ahora al vacío, hacia dentro de sí.

Obdulio sabía que lo que se dijo era una verdad y que él tampoco había podido advertir las consecuencias de su poca perspicacia.

Y ambos, por primera vez, comprendieron que el futuro es el presente acelerado.

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Se gambeteó a cinco y después hizo dos paredes que terminaron en gol, en golazo para archivo.

Y una voz se escuchó, entre tantas otras que festejaban.

¡Vamoooo carajoooo! ¡Te sigo de acá a la China, papáaaaaa!– gritaba agitando su mano y su remera desde el paravalanchas.

Y se rió con la mayor plenitud posible. Y abrazó al que tenía al lado. Y después se tocó las bolas, dedicando ese gesto a la (virtual) hinchada contraria.

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Se citaron a tomar el té en una confitería antigua, llena de dorados y firuletes. La carta incluía distintas variedades de la preciada infusión y ofrecía acompañarlas con una degustación de tortas, bocaditos varios y sanguchitos de miga. Cuando el mozo llegó, pidieron todo. Se habían encontrado a las 17 hs., siguiendo las mejores tradiciones londinenses (o al menos así dicen).  Hacía tiempo que no se veían. Y se notaba.

Una de ellas dio una mirada periférica por el lugar y alcanzó a notar distintos rubios con peinados de peluquería, algunos dientes pintados sin intención, manos con anillos dorados en los dedos meñiques que (cada tanto) se alzaban con pretensión de buenos modales.

Cada una miraba para distintos lados y así transcurrió la espera hasta que la mesa estuvo repleta y entonces el espacio se llenó de comentarios elogiosos a los manjares y el ruido de las bocas rumiantes.

Y cuando ya no había externalidad que permitiera seguir posponiendo lo inevitable, empezó la conversación.

-       -  Escuchame, Elsita, no sé qué es lo que contaron pero, sea lo que sea, estoy acá para que me preguntes lo que quieras porque yo tengo la conciencia limpia ¿sabés? Hay gente muy mala en este mundo, que habla por envidia, por descaro, por desprecio, por aburrimiento, por querer joderle la vida a los demás. Y yo, sinceramente, quiero creer que vos confiás en mí porque vos me conocés bien y sabés que nunca haría nada para perjudicarte, que no pondría en peligro nuestra amistad de tantos años por nada del mundo. Porque ¿cómo podría hacer algo así? No creo que vos pienses que soy capaz de algo semejante ¿no? ¿no, Elsita? ¿Te acordás cuando íbamos a los bailes en Ferro? ¿Y cuándo le hicimos la joda a la Fernández? ¡Ja! ¿Te acordás, no? ¡La verdad que éramos bravas! La Fernández… ¡qué mala que era! Se lo merecía después de todo. Y después, siempre me acuerdo cuando íbamos a tu casa los sábados a pasar la tarde ¡Qué bien que la pasábamos mirando las revistas, enterándonos de esas cosas que parecían prohibidas!

Elsita, mientras tanto, la miraba.  Y la otra, absorta en sus recuerdos, siguió:

-       - ¿Y te acordás cuando seducíamos al boletero para que nos dejara quedarnos en el continuado? ¡Qué divertido que era! Y ese James Dean ¡Qué pinta que tenía! ¡Esos sí que eran galanes de verdad! No como los de ahora…  Bueno, a mí siempre me gustó James Dean pero a vos te gustaban más Marlon Brando o Marcello Mastroianni ¡Qué lindas que eran aquellas épocas! ¡Quién pudiera volver! Pero bueno… después vinieron los chicos y toda la cosa y la vida te cambia, te cambia toda. ¿Te acordás cuando pasamos ese verano en Mar del Tuyú? ¡Qué lindo fue todo! Y los chicos… ¡qué grandes están ahora! Me encanta que ellos también puedan ser amigos…

Elsita seguía comiendo y de a ratos sorbía algo de té. La escuchaba, la miraba, la buscaba y finalmente, le dijo con mucha tranquilidad:

-         - ¿Sabés qué pasa? Mientras vos venís, yo fui y vine cuarenta veces. Te vi, Dora. Y ahora me voy a ir y vos vas a pagar la cuenta. 

Y Elsita se limpió la boca con la servilleta, se levantó y se fue al carajo.

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Eran como ocho y estaban en perfecta fila. Una tras otra, misma dirección, llevando su carga. El sol les daba de refilón y en su camino bordearon toda la ventana. Y subían. Y bajaban. Y esquivaban los tornillos escondidos tras la pintura blanca. Y eran muy negras y lindas y también algo misteriosas.

A veces una de la fila se daba vuelta y se acercaba a otra y parecía como si le dijera algo. No, no, seguro algo le decía pero qué, se preguntaba. Y se acordó del jardín de sus abuelos y del parque y de la cocina y de todos los momentos que pasó en esos lugares mirándolas trasladar pedazos de flores y de hojas, robando azúcar o pedacitos de pan o galletitas.  Y le parecía divertido. Y le hubiera gustado ser una por un ratito de su vida. Así podría saber qué se decían y qué había tras los agujeritos por los que desaparecían. Ojo, saberlo de verdad, no como cuando te lo muestran en documentales por la tele.

Pero Francisco ¿Qué te pasa? ¡Estás en la luna! – le dijo la maestra, trayéndolo a la tierra de un (triste) ondazo.

Nada, Seño… – contestó él revoleando los ojos y haciendo de cuenta que no pasaba nada.

La maestra, satisfecha con la misión cumplida, siguió recorriendo los bancos y Francisco posó su mirada en el cuaderno, vacío, y agarró la birome.

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¡Aaaaaah, pero me estoy yendo a la loma del ojete! – gritó con una mano en el volante y otra en dirección a la cabeza, asumiendo (recién en ese preciso momento) que estaba completamente perdido.

Se puteaba a sí mismo y se preguntaba por qué no había impreso el mapa. Pero en el fondo, sabía, que era consecuencia de creer que su memoria podía retenerlo todo.

Y ahí estaba. En medio de la autopista, con verde alrededor y carteles que no le decían nada.

Siguió de largo buscando un lugar donde pudiera retomar pero ¿a dónde? Estaba en blanco, desesperado y solo. Y lo peor es que Silvia le había advertido que se imprimiera el mapa y él  no le había hecho caso porque decía que se conocía todo el Gran Buenos Aires de pe a pa.

Ahora iba a llegar recontra tarde y, encima, lo perseguía la imagen de los chorizos secos.

La radio sonaba de fondo y mientras seguía para el lugar que sabía que no era, escuchó:

“vuelve, que sin ti la vida se me va… oh, oh, vuelve…”

Los ojos se le transformaron. Y ahora le gritó a la radio: ¿Ah, sí, Ricky? ¿Por qué no te vas bien a la concha de tu madre, eh? Y cambió el dial.

En cuanto pudo, paró en la banquina, respiró hondo unos cuantos minutos y pensó (aunque no le sirviera para nada).


Y, finalmente, se decidió y agarró el teléfono y marcó.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Perspectiva

Se levantaba todos los días bastante antes de que el sol saliera. Abría los ojos, se incorporaba y apoyaba primero uno y después el otro pie en el suelo cementado. Con pasos invisibles e insonoros recorría el tramo hasta llegar a la ropa prolijamente doblada que había elegido la noche anterior. Y se ponía requetelinda.

Dejaba preparado el mate cocido para cuando los demás se levantaran y una canasta con algo de galletitas. Ella se tomaba el suyo en unos pocos minutos y después lavaba la taza y la apoyaba en la mesada. Era entonces el momento de salir.

Era temprano pero en su barrio mucha gente sale a esa hora, así que había algo de movimiento. Algunos iban a trabajar como ella, otros nunca se habían acostado y deambulaban por ahí fantasmalmente. A algunos de esos los conocía desde chiquitos, aunque sus ojos fueran muy otros.

Caminó los pasillos alumbrados por mezquinas luces hasta que por fin salió y caminó las siguientes cuadras hasta la parada del colectivo.

Era temprano pero a esa hora los colectivos vienen llenos y le tocaba – como siempre – viajar parada. Aprovechaba ese tiempo para mirar a través de la ventana las mismas cuadras aunque sabía que a veces eran más grises, otras más anaranjadas y que cada tanto, algo cambiaba. Y ella lo sabía y darse cuenta de eso la divertía. También sabía que los barrios se sucedían y eran distintos unos de otros y que algunos tenían más árboles y colores y otros menos, que algunos tenían edificios y porteros y negocios y escuelas, que eran distintas a la suya.  

Lo que ella no sabía era que sus manos hablaban. Sí. Contaban todos los soles que las habían alumbrado pero también que habían vivido vientos y lluvias y arropado muchos bebés y cortado malezas y recogido maíces y mandiocas y algodón y plantado semillas y humeado cacerolas y limpiado tantas tantas cosas que no se podían contar.  Y por eso pintaba sus uñas de rosa, a veces de rojo y se las dejaba crecer todo lo largo que se podía.    

Siempre llegaba temprano y eso le gustaba y la enorgullecía. Podía cambiarse tranquila y así empezar con su rutina. Primero acá, después allá y allá y allá y sabía que debía cuidarse del pelado de traje que cada tanto rezongaba cuando perdía un papel. Pasaba por todos lados dejando brillos donde no había y se concentraba y también observaba. Sabía que la chica del rodete estaba enamorada del chico que estaba dos escritorios más allá pero que él no se daba cuenta, que a la señora que usaba trajes le gustaba sacarse los zapatos cuando nadie la miraba, que al señor de bigotes le gustaban los tangos de antes, que el flaquito ordenaba sus cosas por colores, que la mujer que siempre vestía de marrón le pifiaba seguido al tacho de basura y que comía muchos chicles de papel verde.

Y así, pasaba el día y cada tanto cruzaba palabras con alguien y seguro les sonreía. De verdad les sonreía. Y con sus compañeras de trabajo charlaban de las familias, de los vecinos y también de perfumes y peluquería. Y casi siempre sacaba algún nuevo dato importante.

Al salir, volvía a tomar el colectivo y ahí era posible que pudiera sentarse y lo agradecía, más que nada, porque las piernas a veces dolían un poco. A esa hora el viaje tardaba un poco más y era probable que el sol pegara en la ventana. Entonces pensaba en las cuentas, en las letras y en la tarea. Alcanzaba a pasar unas horas por su casa en las que aprovechaba para acomodar, limpiar y dejar preparada la cena y, si podía, se sentaba un rato a mirar la tele.

Con el sol casi cayendo volvía a salir de su casa. El tramo era más corto esta vez y podía hacerlo caminando. Llevaba en su bolso la carpeta, los lápices, la regla y todo lo que necesitaba. Y a la escuela también llegaba temprano y eso le gustaba y la enorgullecía y se sentaba en el banco del patio interno a esperar y saludaba a todos y cada uno de los que pasaban por ahí y lo hacía con una sonrisa.

Y así pasaba las dos horas siguientes, sentada en su pupitre ensayando letras y oraciones y cuentas y números y también observaba y atendía y pensaba y reía, a pesar de que a veces todo se le mezclaba en la cabeza y en la vista y parecía o se hacía difícil. Igual sonreía e intentaba una, dos, tres, muchas, muchísimas veces hasta que le salía.

Con su pelo negro, negrísimo y enrulado y sus ojos brillando, ella sonreía y yo así la veía, en perspectiva.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Cachos

Bancá un cacho que ya llego - expresó en un mensaje de texto al tiempo que mentía de manera alevosa. Y es curioso como los pelos, en esos casos, se rebelan como si tuvieran un pacto con la verdad, delatando el apuro.

Recién estaba saliendo de su casa y le quedaban – en condiciones óptimas - unos veinte minutos para llegar al lugar donde ya debería estar pero como lo sabía y sentía cierta culpa trataba de atenuarla buscando que el esperante supiera que llegaría en cualquier momento. Error.

Agarró la cartera, el pañuelo y las llaves pasando como remolino torpe por las habitaciones de la casa y en esa carrera se tragó una silla clavándose el filo de la pata en su propia canilla. Puteó. Quiso patear la silla pero no lo hizo y tal vez en algún momento se arrepintiera de esa gentileza innecesaria.

Caminó hasta el ascensor y apretó el botón por lo menos cinco veces. No había ruido.  Nada se movía. Tuvo que bajar por las escaleras donde descubrió que una familia se estaba mudando y vio las cajas apiladas y los muebles y tuvo que pedir permiso para poder seguir bajando y hacer frente al saludo amable de los nuevos vecinos a quienes respondió levantando la pera y haciendo una sonrisa.

Cuando por fin salió a la calle se dio cuenta que cuando se vistió se equivocó y que se iba a cagar de frío pero no iba a poder remediarlo en parte porque era tarde y en parte porque no iba a subir  por escalera los nueve pisos que la separaban de su casa.

Encaró con furia las cuadras que la llevaban a la parada del colectivo y en el medio se topó con personas que con su andar lento no se percataban de su apuro y amagó ir para un lado buscando pasar y no pudo y lo intentó de nuevo hasta que pudo. Manga de boludos, pensó.

Estaba llegando a la parada cuando vio que el colectivo se iba y a pesar de que intentó pararlo no tuvo éxito. Casi que era una obviedad en este contexto pero, por suerte, el próximo llegó en menos de cinco minutos y pudo subir y pagar con la SUBE el boleto que nunca se sabe si te cobran bien.

En el colectivo vio a un señor que se sacaba un moco tratando de disimular, a una pareja que se reía mientras se acariciaban, a un grupo de amigos que parecía venían de jugar al fútbol porque estaban sudados y con las medias bajas, a dos chicas que charlaban de tipos que les gustaban y sus circunstancias y que relojeaban por momentos al grupo de los pibes que estaba más al fondo, a una, dos, tres personas con auriculares una de las cuales canturreaba las canciones, otra se mandaba mensajes con alguien alternando la impaciencia con un juego en el celular, otra miraba un video, otra leía un libro, otros miraban para afuera y, de vez en cuando, para adentro. Todas esas vidas transcurrían ahí adentro y se movían al son de los frenos que al chofer le encantaba pisar sin ninguna sutileza. Ella aprovechó algún momento para mirarse en el reflejo de la ventanilla y acomodarse el frizz delator y arreglarse el pañuelo intentando que la protegiera un poco de la brisa fría.

Cuando el bondi iba a tomar la avenida se encontró con que estaba cerrada y siguió de largo. Había algo así como un festival de un centro cultural barrial y entonces el tramo que iba a durar cinco minutos tardó más de veinte y se acompañó de bocinazos y movimientos cortos e irritantes frente a los cuales nada podía hacerse más que esperar.

Saliendo por fin del desvío el colectivo siguió su recorrido sin demasiados sobresaltos. Se bajó una parada antes porque la ansiedad le ganó a la cordura. Y así fue como cincuenta y tres minutos después del mensaje inicial, llegó a su destino.                  

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Cortame un cacho de queso, dijo imperativo. Y alguien, del otro lado, levantó la ceja y cortó y sin mirarlo le extendió la mano. ¡Eeeeehhhhh, pero este quesito es un poco amarrete! ¿No te parece? Y alguien, del otro lado, siguió cortando en la tabla, cada vez con mayor énfasis y después de un rato de silencio y un resoplido le contestó: que yo sepa, Jorge, no existe en el mundo una unidad de medida que se llame cachos.  Eso es discutible, dijo él sintiéndose inteligente mientras tomaba un trago de vermouth y acto seguido apoyaba el vaso en el mantel de plástico con flores que tenía algunas marcas de quemaduras viejas de cigarrillo.  Y ahí nomás largó sus argumentos: el lenguaje siempre expresa algo que existe en realidad y por eso existe la palabra cacho y la palabra cachito, que nos sirven para distinguir la generosidad de la amarretería ¿entendés? Y eso, no te lo dicta la ciencia sino el sentido común pero, principalmente, el corazón. Ahí ves realmente quién es quién, es como una prueba casi y vos se ve que tenés ganas de darme muy poco…

Y tras decir eso se quedó pensando y esperando que ella le diga que no pero en vez de eso, le dijo: ¡Ay, Jorge, estás tan al pedo que no lo puedo creer! ¿Por qué no hacés algo productivo? ¿Qué te creés que pasa si voy por ahí pidiendo cachos de cosas por los negocios? El mundo no se maneja así, lo siento, y por eso existen las medidas y si querías un “cacho” más grande de queso, me lo hubieras pedido con amabilidad porque eso de pedir así como así también habla de la gente ¿sabés? Haceme el favor y poné la mesa que en un rato van a llegar las visitas. Claro, siempre y cuando, estés dispuesto a brindar un cachito de tu precioso tiempo filosofal a una tarea mundana. Jorge se levantó y buscó los platos de porcelana y las copas y los cubiertos de plata que les habían regalado para el casamiento y los puso en la mesa del comedor mientras rememoraba los cachitos de amor que añoraba.

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¡Pero me cacho en dié! - gritó al ver cómo había quedado el pantalón recién comprado después de que el auto pasara rápido por encima del agua podrida que sería impulsada, en un breve segundo, desde la zanja a la botamanga. Se quedó un poco pasmado porque no sabía qué hacer frente a tamaña mala suerte y con las manos en la nuca hacía movimientos que empezaban mirando al cielo y terminaban en la botamanga manchada. Recordó que en el bolsillo del saco tenía un pañuelo de tela y lo sacó para ver si servía de algo y alcanzó a sacar los pedacitos de tierra o mugre que venían colados en las aguas inmundas. Algo pudo limpiar y con lo poco que le quedaba de dignidad, siguió caminando. A media cuadra una pareja lo cruzó y lo miró con algo de desprecio (o miedo), y a él le dio la impresión de que creían que iba a robarles.

Al fin de cuentas, pensaba, no era nada raro este suceso en el que un evento fortuito lo convertía de hombre respetable a despreciable.

Esto ya le había pasado con la vecina del segundo piso, una mina muy linda a la que saludaba con frecuencia y con galantería le abría la puerta del ascensor o de la calle e intercambiaban frases intrascendentes pero, eso sí, muy respetuosas. Es cierto que algunas veces la había visto desde lejos que iba llegando y entonces él aminoraba el paso para “encontrársela” y entrar juntos pero nunca, jamás, se había pasado de la raya de las buenas costumbres hasta aquel día. Como tantas veces la cruzó en el ascensor y él sonrió y la saludó pero, por algún motivo al abrir la puerta del ascensor ella lo miró seria y le dijo “gracias pero prefiero no subir”. El motivo de tal desprecio lo supo recién cuando llegó al trabajo y Raúl le indicó que tenía la bragueta abierta y que, a través de ella, podía divisarse parte del miembro. Con una vergüenza infinita corrió al baño a arreglar la cuestión y cuando volvió a su casa el encargado lo encaró diciendo que había quejas en su contra por degenerado. No hubo manera de convencer a todos de que la culpa era, en verdad, de la vieja de la mercería que lo había estafado con el arreglo del cierre. Tuvo que mudarse.   

Pronto recordó también aquel día en que fue al restaurante con su cita del momento y que al abrir la puerta haciendo una reverencia para que ella pase escuchó un ruido del otro lado que resultó con una vieja de noventa años tirada en el piso y con la cadera rota, una ambulancia y toda una parentela que lo insultaba por haberle arruinado el cumpleaños a la Nona. Ni hablar que a la cita, tampoco volvió a verla.  

Y así repasó por su mente varios de esos sucesos desafortunados. En verdad, el problema radicaba en algo que él no esperaba porque el fanatismo te convierte en ciego. Absolutamente todos los sucesos habían sido precedidos por el mismo hecho: la misma música de siempre. Y él, no está en condiciones de enterarse de las causas de sus desgracias pero vos sí y podés hacerlo entrando acá.

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Escuchame, Ceferina, en estos casos es donde tenés que sacar el Cacho que hay en vos. Y Ceferina se escuchó y se hizo caso. Ella sabía lo que eso significaba.

Muchos, bastantes años antes, Ceferina fue una niña apodada Nina que creció jugando en su pueblo con muchos otros chicos y chicas. Jugaban en la tierra, a treparse a los árboles, a atrapar los sapos que salían después de la lluvia, corrían, se corrían y se reían mucho (bastante) en los ratitos que quedaban entre el trabajo en la casa, en los campos y las clases de la escuela.  Y con el tiempo fue aprendiendo que muchas de las cosas que le gustaba hacer no eran apropiadas y que, si las hacía, la gente del pueblo la miraba mal y le decían cosas a su mamá y a su papá que entre el espanto y el enojo le reprochaban que ella no era un Cacho si no una Nina y que si seguía así nadie la iba a querer. Y todo fue peor después de la primera vez que sangró y que empezaron a crecerle las tetas, a ensancharse sus caderas y a gustarle algún chico. Creció en ella el miedo al desprecio y aprendió a coserse la ropa, a hacerse polleras con volados, a desarrollar estrategias para gustar siguiendo todos los pasos que una mujer debía conocer. Y tuvo novios y, sobre todo, supo callarse cuando correspondía.  

Ya un poco más grande tuvo que mudarse a la ciudad en busca de trabajo y ahí vio que algunas de las reglas eran iguales a las de su pueblo y que si bien conoció mujeres con fortaleza, casi siempre se movían en los límites de lo que las hacía más Ninas y menos Cachos.  

Los años pasaron, y tiempo antes del suceso inesperado, un señor había entrado al negocio y le había pedido una torta para el cumpleaños de su hija y fue muy específico en que la torta fuera color rosa y tuviera unas princesas porque – afirmaba – eso era lo que la niña quería.

Sin mediaciones, a Ceferina se le saltó la chaveta y levantó la mano y con la palma golpeó fuerte el mostrador haciendo sobresaltar a todos los que estaban a su alrededor y acompañó ese gesto con un grito que incluía la palabra basta.  

Fue entonces que de su boca empezaron a brotar todas las pelotas que quiso patear, los árboles que quiso seguir trepando, las miles de palabras que calló, los gritos que ponen límites, los pelos que quiso dejar crecer, los que quiso cortarse, las puteadas merecidas, la música que quiso tocar con la guitarra, los tipos que quiso cogerse porque sí, los libros que le fueron negados, los vinos que no pudo tomar, las carcajadas a boca abierta, la vida que quiso y no tuvo, no pudo tener. Y le deseó al señor que ojalá pudieran brotar de su boca todas las muñecas a las que quiso arropar, las lágrimas que escondió, los abrazos que no dio, los silencios que calló, el amor que no mostró, los disfraces que no se puso, las pinturas que quiso pintar, las flores que quiso cultivar.

Y entre medio de las cosas que volaban por el aire, Ceferina y el señor se abrazaron sin conocerse y también, lloraron.